Una Cuestión de Dinero

29-08-2009

Muchas aristas deben considerarse al momento de analizar la cuestión del juego en los Estados Unidos. Particularmente cuando la referencia se posa sobre el juego online. Sabida es la disputa que en esas latitudes ha zanjado las aguas hacia dos posiciones antagónicas, irreconciliables.

Una, fundada en la libertad y en la elevación de lo lúdico a una parte fundamental de la cultura y de las prácticas corrientes y cotidianas de las personas. La otra, inscripta en la demonización del juego. Esta última, más retrógrada e inquisidora, nos recuerda a tiránicos momentos de la historia del hombre en que pocas de las decisiones que se podían tomar quedaban sujetas a la propia voluntad.

Sin embargo, por detrás de esta postura subyace otra cuestión. Si bien, al prohibirse en 2006 la injerencia en la materia de bancos y entidades de crédito, impidiendo de ese modo la financiación de los pagos en juegos online, este último quedó virtualmente imposibilitado de existir, no fueron igualmente tratados las loterías online estatales, apuestas online hípicas y apuestas deportivas simuladas.

Las razones: los estados obtienen cuantiosos dividendos de estas prácticas. La vara con la que fueron medidos diferencialmente uno y otro tipo de juego echa por tierra entonces los fundamentos basados en los perjuicios del juego. La disputa, entonces, sólo está concentrada en el plano moral en la superficie.

En ese terreno, legalistas y enemigos del juego, debaten acerca del placer y del deber, de la libertad y de la prohibición, de lo que es del ámbito público y lo que es del ámbito privado. Pero en el fondo, la disputa es económica. Y aquí es donde todo lo otro toma un cariz borroso.

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