
Algunas historias que circulan por los añosos pasillos de los casinos indican que hubo casos de ruletas que presentaban determinadas cualidades estructurales a partir de las cuales surgían con fuerza tendencias que implicaban que cierto sector de la rueda fuera más proclive a recibir a la bolilla. De acuerdo a lo que el historial indica, ciertos jugadores muy atentos a estas peculiaridades de la ruleta en la que acostumbraban jugar, utilizaban sus capacidades intelectivas, para apostar sobre lo que probabilísticamente quedaba en ventaja.
De cualquier modo, lo que estaba en última instancia en juego era la noción de enfrentarse al casino con las mejores armas que un buen jugador de juego de casino puede tener: su capacidad para hacer una correcta lectura del juego que se desarrolla frente a sus sentidos.
Si bien nunca es posible descartar una falla mecánica en la rueda de una ruleta, es realmente difícil especular con la posibilidad de que un jugador sea tan sagaz como para lograr de buenas a primera una conciencia de este fenómeno y, más aún, una reconducción de las peculiaridades del mismo para generar una estrategia que le permita a partir de allí hacer apuestas más seguras que lo normales.
Las historias de casino que anidan en los nichos simbólicos de la cultura del juego, indican que la tarea, en verdad, podía llevar horas, días, semanas o meses. Encontrar una ruleta fallada, contabilizar exactamente en qué momento del día se propiciaba (pues podía variar con un croupier otro) y elaborar exactamente un plan a medida.
Nada fácil amigos.





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